Cliente final








¡Crecepelo para los calvos!
¡Cremas mágicas antiedad!
¡Gimnasio para esa barriga!
¡Y el aparatoso Jet Extender!


(«what else?»)


Oh, finado cliente final,
consumidor consumible:
el bien fungible eres tú.


Una poderosa industria crece

en torno a tus complejos.




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Sobre el amor imposible









El amor imposible
imposibilita su fin.
La inconsecuencia
es un nevero,
congela y preserva
como el hielo
y esa pierna de cordero:
dura, inatacable
lejana, incomestible.


Paradigma de amor,
el amor imposible.
Pináculo de Werther.


Sucede así: camisa blanca, setenta años,
Darío Jaramillo sube a leer al estrado
(Alhóndiga, Bilbao; 29/04/2017)
con ese desencanto tranquilo de los cuerdos,
con esa decepción resignada y ceremonial,
con esa sabiduría del que lo entiende…


¿Que entiende qué cosa?
Que la esperanza puede ser
una representación de la crueldad.




.


Plástico indulgente (la basura perdura)








Cualquier objeto de plástico
dura más que un amor eterno.

—Plástico Cruel, José Sbarra—


Polietileno,
poliestireno,
polipropileno,
derivados del petróleo:
entre un siglo y mil años
tardan en degradarse
(lo he buscado).


En cambio, tú
y esa persona que amas
—o que crees amar—
viviréis cien años
(en el mejor de los casos).


Piensa en esto
cuando veas un botellín
o un bote de detergente
vacío
en la orilla
de tu playa
favorita.





.

Canicular






—No, ninguno de nosotros
estamos hechos con frío—
(El Niño Gusano)

Aquí,
dos extraterrestres en el terrario,
salamandras de sangre fría
realizándose una transfusión.
Niños burbuja en combustión
dentro del iglú hermético,
cerrando las ventanas
para poder sobrevivir.
Nucleosíntesis estelar,
energía protonuclear
—principio cero de la termodinámica—,
intercambiando color:
tú arrebolándote en rojo,
yo trasluciendo en agua,
yéndome por el desagüe,
regresando al arroyo,
tornando en sudor,
disolviéndome
en un licuefacerse transparente.
Juegos de marroquinería
sobre la tapicería,
¡haciendo el calor!,
el mundo exterior a través de una gasa,
desde la lejanía de los miopes,
víctimas del efecto invernadero,
felices en nuestro reducto
de vaho y aliento protector.


Cuánto calor en este refugio
provisorio y providente:
en mi descansar líquido,
en tu respirar cálido.


Algunos incendios forestales

se quieren parecer a la paz.




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Autorretrato del abada


(imagen: "Abada", de Manuel Vilariño)




Nací del color del barniz estropeado.


*


Mi madre afirma que soy difícil,
del género complicado,
inextricable e inaccesible.
Las madres saben.


*


Poseo una inteligencia superior a la media,
demérito vuestro.


*


No creo en ninguna conciencia nacional,
sí en la conciencia de clase (¡obrera!).
Tampoco creo en la mentira del dinero,
pero no por ello dejo de ser un sometido más.


*


Mi fe —¿debería ponerla ya entre interrogantes?—
está tan llena de dudas, hasta el desborde,
que dudo siga pudiendo llamarla fe.


*


Me pregunto bastante a menudo
qué preguntas se hacen a sí mismos
aquellos que no se hacen preguntas.


*


Nunca rehúyo un conflicto
(cuestión de orgullo,
más que de valentía).
Y es muy cansado, claro;
mis enemigos saben.


*


Mi impuntualidad es legendaria.


*


Me gusta pensar que siempre
siempre siempre tengo la razón;
pero es sólo eso: un gusto
(que en verdad no soporta
el más somero análisis).


*


Observo el mundo a veces desde arriba,
y otras veces desde abajo, muy profundo;
pero jamás a ras de tierra.
Me elevo y me hundo, etéreo y pesado
como el abada de Vilariño.


*


Creo en el Amor como compensación
de la muerte, su resarcimiento,
pero ni siquiera me veo en disposición
de ofreceros una mala definición.
Quizá me (auto)engañe.
O tampoco.


*


Todavía hoy sigo mostrándome incapaz
de ver grandeza en la incapacidad.


*


Mis ojeras son sinceras.


*


Me gusta la literatura del yo
—Pessoa, Pizarnik,…—,
y en ello estamos.
Escribir como sinónimo
de desinfectar.


*


Confío en la memoria, pero
al límite mismo de la hipermnesia
todo recuerdo supone una maldición.
Mi retentiva es un ancla pesada:
sujeta a la vez que inmoviliza.


*


La semana pasada casi termina conmigo, ¡pum!,
la frase final de un poema de Vladimir Holan.
Casi fenezco bajo la fuente, contra el estanque.



*


Me como las uñas desde los seis años.
También fumo.


*


Contemplo el presente con horror y distancia,
espectador inerme ante una distopía perversa.
Si poseyera el Botón del Juicio Final,
probablemente lo pulsaría.


*


Escondo corrosión bajo el calorifugado,
inútil aislamiento que rodea y protege
este herrumbroso tanque de aminas.
Caimanes ladrando en su interior.


*


Perdonen si me repito.
Perdonen si me repito.


*


Los días impares
sólo me apetece escuchar
a Nacho Vegas.
Los días pares lo mismo,
pero cambio de disco.


*


Sospecho que padezco un trastorno
obsesivo-compulsivo (toc, toc, toc):
respirar.



*


Otra manía: los días de lluvia
escruto el cielo como quien mira
a su entrenador en el banquillo;
y elevo las manos, suplicante,
e imploro tiempo muerto.


*


La vida en plasmación matemática:
un sumatorio de derrotas.


*


El verdadero rostro del arte
habita en la costra oscura y violenta
de los cuadros de Anselm Kiefer;
esto poca gente lo sabe.


*


Se me concedió el extraordinario don
—o tal vez fue adaptación al medio—
de apreciar belleza donde no la hay.
Un esteta de la fealdad, esto es,
un oxímoron.



*


El espejo nunca me devuelve,
a cambio, mi verdadera edad:
la imagen que arroja es falsa,
su reflejo es engañoso.


*


Me da miedo la inmortalidad.
Me da miedo la mortalidad.
Menuda encrucijada, ¿eh?


*


Pánico miotónico a imaginar el futuro.


*



Escucho.














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