Puentes de madera






Se había prometido no volver a Setares, pero había alcanzado esa edad donde incluso los malos recuerdos son algo a atesorar. El camino era umbrío, nebuloso, soturno, y la pendiente fatigaba su pecho de ochenta nochebuenas. Resollaba como una mula vieja, lo que era, pensó. Los eucaliptos eclipsaban a los saúcos, la montaña era un refugio de humedad. Dionisio cruzó un puente de madera, uno de esos pasos creados para salvar desniveles del recorrido. El pueblo estaba cerca. Los tonos rojizos del ladrillo aguardaban arredro, las vigas podridas de salitre, el aljibe descosido. Y tras el frontón derribado, su casa. Se humedecieron sus ojos al recordar el cinturón de su padre, el trabajo infantil, las vagonetas de mineral. Entre zarzas, todavía se divisaba aquel puente que habían construido juntos: un puente de madera, sin historia, que nadie volvería a cruzar. Supongo que ese puente resumía su existencia y también justificaba su caminata de hoy. Al final todos los viajes son un regreso a la infancia. En la garganta de Dionisio se formó una tristeza ferruginosa. Y lloró.



#viajessostenibles
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Elogio del rencor








El rencor es inmortal.
El rencor es una garantía de memoria,
de continuidad.


El rencor es patrimonio.
El rencor es la certeza
del fracaso del perdón.


El rencor es fuego frío,
fuerza que impele
y doctrina política.


El amor también es rencor.


Incluso hemos inventado una palabra
—“inmarcesible” (que no se puede marchitar)
para poder definir al rencor.


El rencor como manto freático.
El rencor como movimiento perpetuo
de la polea del alma.


Desconfía, hijo mío, de aquellos
que niegan arrastrar algún rencor.
Mienten.




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